Este martes 3 de noviembre, Estados Unidos celebrará sus 59a elecciones presidenciales para determinar quién ocupará los cargos de presidente y vicepresidente y culmina una campaña presidencial atípica marcada por la pandemia y se pone fin a un ciclo electoral en el que la polarización ha alcanzado niveles inéditos en los últimos tiempos. Mientras, algunas ciudades refuerzan la seguridad ante el temor de posibles disturbios en la noche electoral y el presidente continúa azuzando el fantasma del fraude y preparando el terreno para contestar el recuento de votos, si este no les es favorable.
En paralelo, estas elecciones permitirán elegir a los parlamentarios de la Cámara de Representantes, así como a 35 puestos en el Senado (incluyendo elecciones especiales en Georgia y Arizona). La importancia de esta elección es tan grande, que numerosos analistas la califican de existencial.
El domingo, insistió en su cuenta de Twitter en que la elección debería “resolverse el 3 de noviembre”, algo muy poco probable en un año en el que ha habido una participación anticipada récord. Los republicanos, que confían en que la mayoría de sus votantes depositen su papeleta el martes, como es tradicional, coquetean con el peligroso juego de proclamar ganador a su candidato una vez concluya el recuento ese mismo día.
El candidato demócrata, Joe Biden, que este lunes estará en los Estados péndulo de Ohio y Pensilvania lidera la carrera por 6,7 puntos, según el promedio de las encuestas de Real Clear Politics. Biden es favorito. No obstante, Donald Trump, que hace su ‘sprint final’ con cinco eventos en Wisconsin, Michigan, Carolina del Norte y Pensilvania, conserva una opción entre seis de ganar.